Hacía el servicio militar en Colmenar Viejo. Algunos fines de semana que no iba a Gijón los pasaba visitando Madrid, casi siempre el Rastro. El paseo bajando desde la boca de metro La Latina hasta la Puerta de Toledo era mágico a finales de los 80, con todos aquellos punk de pelos de colores que tomaban cervezas y otras sustancias, dejando pasar las mañanas. Comics, juegos de ordenador y música en cintas de casette, ropa, insignias, artilugios, artículos mil.
Mi primer contacto con el ZX fue en casa de José Miguel. Tenía el primer modelo con teclas de goma, procesador Zilog Z80, 48 kb de memoria, 16 colores, almacenamiento en cinta,... una máquina. Horace Goes to Ski y Checkered Flag como juegos estrella. No pude quitármelo de la cabeza hasta que conseguí uno. Compré un Spectrum+ 48k con teclado de membrana en una oficina de decomisos en Madrid.
Aprendí el basic del Spectrum+ leyendo primero el manual, comprando todas las revistas y tecleando lineas de código de Microhobby, ayudado por mi hermano que me dictaba con santa paciencia las data en hexadecimal. Muchas veces un error de tipografía y el programa no funcionaba; había que releer linea a linea hasta encontrar el error.
Lo mejor fueron los juegos, algo nunca visto hasta entonces. Mucho antes de Photoshop diseñé mi primer bitmap, un dibujo de Siouxie and the Banshees en negro, rojo y amarillo. Y aun llegué a programar con un compilador en Pascal a duras penas porque la carga desde cinta era penosa. A partir de entonces la inversión en equipamiento informático ha sido cuantiosa por culpa de las versiones cada vez más exigentes de procesadores y software. En rápida sucesión llegaron el Amstrad PCW, el Amstrad PC 2086, el Amstrad Laptop 286, varios clónicos, varios portátiles Toshiba, uff, una fortuna.
Por cierto, aun conservo en alguna zona del trastero, un ZX Spectrum+ que me dieron los jefes de la academia donde me ganaba la vida enseñando informática. El resto de trastos antes citados y otros como impresoras, escáner, cientos de viejos discos, los tiré. Me costó mucho deshacerme de ellos y a veces aún me arrepiento.
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